Había una vez una niña llamada Carolina.
Otra vez con eso?
Y sí.
Bueno, entonces, dale.
Había nacido en un momento innovador, valeroso, zarpado y positivo de su familia que ya entonces existía desde hacía 15 años como un núcleo de 4 personas, y que después de docenas de mudanzas y vaivenes se instauraba por su nacimiento, oficial y crisis-de-media-edad-mente, en Asunción del Paraguay, inmigrando como muchos aventureros en generaciones anteriores, desde Italia.
Carolina creció creyendo en la magia, en el bien como vencedor final obligatorio, en que ella y su gente eran evidentemente protagonistas con una misión importante cuanto ambigua, y en que todo es posible. Dotada de muchos talentos, tenía la urgencia de llevarlos a una buena fruición, digamos, y tuvo la suerte de que sus iniciativas siempre encontraron el apoyo y soporte necesario en sus seres más queridos: así que fue dando muchos pasos exitosos a una joven edad, reforzando aún más su visión positivista y trascendentalista del mundo.
Una prodigio.
Y si. Por ejemplo, era una alumna fenomenal. Se destacó desde un principio como personaje creativo, musical y de brillantes recursos mentales que en lo inmediato le procuraban aplausos de cómico. Carolina comenzó a tocar el piano a los 6 años y para los 16 había terminado el conservatorio coincidiendo con el año de ser mejor promedio de su secundaria.
Ay, qué exagerado.
No te estoy jodiendo.
Esperá me via ir avenir.
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