-Si querés te digo como me siento. Si querés te digo que a veces me siento morir.
El reloj de pared hacía lo suyo y el te se entibiaba. La dama de la ventana miró a una hormiga muerta pegada a la cortina de raso y con un movimiento que mal tapaba la torpeza de ese índice la despegó, para que cayera marmorizada al piso caoba... de caoba.
-Que hace treinta y cinco años que mi marido me guardó en un cajón... de la cocina para más... ridículo, pero vergonzosamente cierto. Me metí ahí al darme cuenta que lo necesitaba, y lo hice sonriendo como una gran tonta, y ahí - acá - estoy. Ya ves, concentrado en sus idioteces, operando según una torcida agenda subconciente, viviendo mal con ganas, me ha abandonado. No me mires así.